viernes, 21 de agosto de 2009

Campanilla se llama Vera.

Vera era una chica muy especial. Algo soñadora, introverida, tímida... pero todo eso era parte de su encanto.
A Vera le encantaban los cuentos, sobre todos los de Hadas. Tenía una colección enorme de figuritas de hadas, duendes, elfos, criaturas del bosque... Solía descubrirse a sí misma imaginándose ser uno de ellos y, cuando eso pasaba, sonreía hacia sí y se le antojaba algo tonto... pero le gustaba.
Saltaba de hoja en hoja en un bosque con olor a tierra húmeda, con bruma, con sol...
Vera tenía ese Don de la imaginación que tan a la baja está hoy en día, y se alegraba, era consciente de ello y, por eso, lo apreciaba tanto...

De pronto, un día, Vera creció.
No se dió cuenta de cómo había pasado, pero sin saber por qué, un día se acordó... cuánto hacía que no jugaba a ser un hada? Cuánto polvo habían acumulado sus compañeros de sueños en las cajas en las que descansaban?
Se dió cuenta... su Don se había ido, la había dejado... Ahora Vera era alguien normal, había perdido su magia, estaba sola... todos esos amigos, los elfos, las hadas del bosque... todos se habían marchado...

Durante un tiempo, no dió crédito... No lo podía creer..."Cómo he sido capaz?" pensaba contínuamente...
De pronto, un día, lo decidió. Subió al desván y abrió esas cajas que estaban al fondo, bajo los libros de la carrera, bajo las bicis, los patines...

Dedicó toda una tarde a limpiar, recolocar y pedir perdón a sus amigos... Llenó su habitación con la imaginación que un día la dejó tan vacía al marcharse...

Estaba contenta. Esperaba poder volver a soñar que volaba, que iba de hoja en hoja, de flor en flor...
Pero al día siguiente, al despertar, un sentimiento de tristeza más grande y fuerte que el que nunca había tenído, se le agarró a la barriga. Sólo había soñado tonterías... cómo resolver un problema del trabajo, el coche que se quería comprar...

Vera se dió cuenta de que no volvería a ser especial.
No tenía alas.
No tenía una varita mágica, ni polvo de hadas para hacer volar a la gente a su lado...
No llevaba un vestidito verde con los zapatos a juego...

Fueron días muy difíciles. Iba y venía en un sinsentido, como un autómata, sin pensar...
Se sentía vacía.
El tiempo pasaba, pero Vera no lo sentía, no era consciente de nada... se dejó capturar por la rutina, por la normalidad, por el color gris de la gente que la rodeaba... y, poco a poco, su color verde se apagó...

Así pasaron los años. En el mundo normal en el que ahora vivía, a Vera la iba bien. Había conseguido todo lo que cualquier persona normal querría. Un buen trabajo con el que disfrutaba, un pisito pequeño en el que se sentía a gusto, no se compró un coche, pero consiguió la bicicleta con la que había soñado desde niña, de esas que llevan cesta y las rudeas son muy grandes...
Empezaba a ser feliz en su nueva vida normal.

Entonces, sin esperarlo, sin siquiera darse cuenta, le conoció.
Conoció a un chico especial, a su duende del bosque...
Lo reconoció por su olor a tierra mojada, por su traje verde, muy muy llamativo!

Y entoces, Vera se dió cuenta.
Volvía a tener alas, a poder volar.
Volvía a tener una varita mágica, y polvo de hadas para hacerle volar con ella.
Volvía a llevar ese vestidito verde, con los zapatos a juego, como había hecho muchos años atrás!

Se dió cuenta, ese chico le había devuelto su Don.
Ese chico era su Peter Pan, que se había ido para buscar su sombra, que un día perdió, dejándola sola, llevándose todo lo especial que ella tenía...
Ahora, ya la había encontrado y, completo al fin, volvió.

Y Vera se dió cuenta, y volvió a saltar de hoja en hoja, de flor en flor, como había hecho antes con su amigo...

Campanilla se llama Vera.

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